Soy una de las personas que mejor puede hablar de las despedidas. Esos momentos en los que sabes que al darte la vuelta, por lo menos por ahora... no habrá más.
Llegas y dices... bueno, ya estoy aquí y tengo todo el tiempo del mundo. Y entonces, en un momento dado abres los ojos y te das cuenta de que ya se ha acabado. Tienes la sensación de que alguien te ha robado ratos, o que de alguna forma se ha acelerado el tiempo, acaba todo lo bueno tan rápido...
La noche anterior, que sabes que va a ser la última hasta nuevo aviso... tienes la sensación de que si no te duermes, igual el tiempo no pasa y no acaba. Inevitablemente acabas rindiéndote pero, despiertas a las 5 de la mañana y te das cuenta de que ya está, se va acabando el tiempo y además es imposible hacer nada para que no siga avanzando.
El momento de la despedida siempre es el peor, decir adiós... requiere fuerza. Porque lo que te apetece en ese momento es quedarte ahí y buscar una excusa que justifique que te has tenido que quedar, o despedirte eternamente... Pero llega un momento en el que tienes que cerrar la puerta, y echarte a caminar.
¿Pero sabeis que es lo bueno? Que siempre, siempre, cuando llegas sabes que ha valido y valdrá la pena despedirse todas las veces que haga falta.